Pedro Sampablo


Barcelhome pone a la venta el piso dedicado a Pedro Sampablo, el hombre de las palomas.

Su historia empieza así:

María, una niña de doce años, llamó al timbre de la puerta de delante. Quería ir a pasear con su amiga Antonia de la misma edad y vecina de su piso de la calle Sant Pacià. Así que Antonia abrió la puerta, preparada para ir a la calle con su sombrero, María tiró de ella escaleras abajo. Cogidas de la mano y muy contentas, salieron a la calle a saltos, cantando y riendo.

Caminaron una travesía hasta la calle Cadena, ahora convertida en la Rambla del Raval. Se sentaron en un banco y charlaron un rato esperando que viniera aquel hombre, el hombre de las palomas. Siempre llegaba puntual, cada jueves a las 5 de la tarde, en la esquina de las dos calles.

Vieron cómo subía calle arriba, arrastrando su extraño carrito. Un carrito que había ideado y hecho él mismo, como última y desesperada solución para sobrevivir y terminar sus días dignamente.

Pedro Sampablo, el hombre de las palomas como fue conocido más tarde, nació en Zaragoza y fue abandonado en un hospicio poco después. Lo adoptaron a los 2 años pero a los nueve, cuando sus padres no recibieron más la ayuda para la adopción, lo devolvieron al mismo lugar. Al salir a los 18 años, hizo varios oficios, se casó a los 25 años y tuvo 6 hijos. Un día, cuando iba a una feria de ganado, unos ladrones le robaron todo lo que llevaba y le drogaron. Despertó lejos de casa, sucio, con golpes y sin nada. Desesperado y avergonzado, no se atrevió a volver a su casa y se embarcó en un barco para ir muy lejos, a recorrer mundo buscando trabajo. Al cabo de muchos años, solo y cansado, decidió regresar y buscar a su familia. No lo consiguió, habían pasado muchos años desde que se marchó. Decidió instalarse en Barcelona y dedicarse a criar palomas. De inicio tenía seis, con el nombre de cada uno de sus hijos, pequeño homenaje a aquellos niños que no había olvidado nunca y ya no vería más.

Domesticó las palomas a base de mucha paciencia y dedicación. Tirando de su carretilla donde las guardaba, recorría incansablemente las calles del rabal.

Cuando llegó a su lado, las dos niñas se levantaron para ver mejor el espectáculo. La gente ya se amontonaban alrededor. Las palomas, una a una, salían del carrito, volaban y hacían figuras en el aire, para volver a la jaula al grito del hombre de las palomas. Otras veces, el hombre sacaba un gran bastón con una plataforma redonda en un extremo, y con un grito diferente, la paloma se paraba allí. Las niñas, como la otra gente que se había acercado, aplaudían y gritaban cada vuelo! Sorprendidas, admiraban la obediencia de las palomas.

Tenían en el bolsillo una moneda a punto para darle al hombre de las palomas. Sabían que con aquello, él podía comer y disfrutar un poco de los últimos años de su vida en soledad, que transcurrieron casi felices empujando el carro, entre palomas y aplausos.

 
 

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